Tendemos a ver la creatividad como
algo chic y elitista, solo al alcance de unos pocos privilegiados. Así lo
interpretó en 1999 el psicólogo social Howard Gardner en Inteligencia
reestructurada: múltiples inteligencias para el siglo XXI. Sin embargo,
con los años se va imponiendo la visión democrática de Ken Robinson, convertido en todo un
gurú para un séquito de pedagogos. En opinión de este educador y conferenciante
de masas, “todo el mundo es capaz de tener éxito en algún área si se dan las
condiciones precisas y se ha adquirido un conocimiento relevante y unas
habilidades”. Hasta ahí todos satisfechos. El problema llega ahora. Según este
británico, la escuela mata esta creatividad que
no tiene por qué ser artística, como solemos imaginar, sino científica o
social.
Según Robinson, al profesor solo le interesa que se
conteste lo que está en los contenidos del temario, lo que provoca la
frustración de aquellos niños que son más arriesgados y a los que les gusta
improvisar. Eso provoca que cada vez se atrevan menos a pensar de manera
diferente por miedo a equivocarse. Tienen un comportamiento más rígido y
convergente. Todo ello, en opinión del pedagogo, tiene su origen en una escuela
anacrónica concebida durante la revolución industrial pensando en la producción
en cadena. Un esquema que casa mal con una sociedad basada cada vez más en los
servicios y el conocimiento.





